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16 jun 2008

El mensajero

No recuerdo si íbamos a su casa o vagábamos. Me acuerdo de su nombre, Verónica, y de su remera negra y ajustada, con la cara de Spinetta, y que quiso caminar por la calle paralela a la vía del tren. Yo prefería otro recorrido, pero elegí arriesgarme.
Fue de las primeras noches de esa primavera y al detenernos, vereda por medio, mi mano se zambullía debajo de su pollera y despreciaba todos los pasados. Ninguno de los dos decía nada, qué decir cuando es primavera y los cuerpos se gozan. El silencio explota en la garganta y las lenguas aprenden sabores nuevos.
No recuerdo si íbamos a su casa o vagábamos. Me acuerdo de sentir derribarnos uno al otro, a puro respiro, y me acuerdo de ese perro furioso que arremetió contra nosotros dejándonos paralizados con distintos miedos hasta que alguien lo llamó, como diez minutos después.
Recuerdo no habérselo dicho nunca. Ese manto negro era el perro adiestrado de Carla. No pude verla, pero reconocí el silbido.

4 jun 2008

Susurro

Es madrugada y el viento continúa hablando a mi oído como si debiera prestarle la voz o el pensamiento o lo que es peor aún: la atención.
No reclama que sepa de su poder, ni trae nombres del pasado, ni las listas de los que se irán, ni siquiera algo tan espeluznante como el “never more” tan temido, pero no lo entiendo.
Choca contra mi espalda para conmoverme, después se arremolina como un gato pidiendo ser escuchado, por delante de mi cara. Creo que si pudiera tomarme de la mano y arrastrarme a alguna parte lo haría, pero las llevo en los bolsillos, cerradas en puño.
Sospecho que no soy el único al que le pasa esto, aquellos pocos a los que veo tienen la misma apariencia mía: No saber escucharlo o no querer (es lo mismo en este caso), pero su esfuerzo por decirme algo es constante, infatigable.
Es curioso, me digo, mientras llego a la estación del tren.
Su insistencia me contractura, me hace doler los hombros y la espalda. El frío juega en contra del entendimiento. pero no lo sabe y continúa silbándome una palabra hasta que la entienda.
Por fin la escucho claramente. Una sola palabra que me hiela e impide cualquier respuesta.
No, no la debiera haber pronunciado ¿qué queda para mí ahora que lo escuché? Llega el tren y sé que por unos minutos me recobraré, pero cuando llegue a Urquiza nuevamente se aferrará a mí el tormento de esa palabra. Nunca debió decirme eso...