No recuerdo si íbamos a su casa o vagábamos. Me acuerdo de su nombre, Verónica, y de su remera negra y ajustada, con la cara de Spinetta, y que quiso caminar por la calle paralela a la vía del tren. Yo prefería otro recorrido, pero elegí arriesgarme.
Fue de las primeras noches de esa primavera y al detenernos, vereda por medio, mi mano se zambullía debajo de su pollera y despreciaba todos los pasados. Ninguno de los dos decía nada, qué decir cuando es primavera y los cuerpos se gozan. El silencio explota en la garganta y las lenguas aprenden sabores nuevos.
No recuerdo si íbamos a su casa o vagábamos. Me acuerdo de sentir derribarnos uno al otro, a puro respiro, y me acuerdo de ese perro furioso que arremetió contra nosotros dejándonos paralizados con distintos miedos hasta que alguien lo llamó, como diez minutos después.
Recuerdo no habérselo dicho nunca. Ese manto negro era el perro adiestrado de Carla. No pude verla, pero reconocí el silbido.
Fue de las primeras noches de esa primavera y al detenernos, vereda por medio, mi mano se zambullía debajo de su pollera y despreciaba todos los pasados. Ninguno de los dos decía nada, qué decir cuando es primavera y los cuerpos se gozan. El silencio explota en la garganta y las lenguas aprenden sabores nuevos.
No recuerdo si íbamos a su casa o vagábamos. Me acuerdo de sentir derribarnos uno al otro, a puro respiro, y me acuerdo de ese perro furioso que arremetió contra nosotros dejándonos paralizados con distintos miedos hasta que alguien lo llamó, como diez minutos después.
Recuerdo no habérselo dicho nunca. Ese manto negro era el perro adiestrado de Carla. No pude verla, pero reconocí el silbido.