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16 ago 2008

Párpados

El infeliz, lo es mucho más al esperar un alivio mínimo. Siente crecer a cada instante la desdicha porque ni siquiera lo normal le sucede.
Utiliza la inmovilidad como talismán. Permanece acurrucado. Busca relajarse y trata de no pensar, pero es inútil. Como si fuera una encomienda extraviada en un casillero ajeno, el sueño no se hace presente.
Siente fracaso y sequedad en la boca, pero no quiere levantarse pues se podría despabilar para el resto de su vida.
Entonces cambia a otra postura más estirada, boca arriba, para luego modificarla en un ciclo de idas y vueltas que no provocan alivio más allá de unos segundos.
¿Cómo llegará la mañana? piensa. Luego piensa que no habrá mañana o que sufre una maldición. Más tarde asumirá que murió pero que sigue despierto y entonces ya no importa si habrá mañana.
Al sentir impotencia se animará a ir hasta el baño, sabe que sentirá frío y será una adversidad para el descanso. Lo acompañan la tos y el mal humor (que al regreso se convertirá nuevamente en angustia)
¿Cómo es eso de estar muerto y poder pillar, estar muerto y sentir angustia?
Guarda esperanza en el retorno al calor de la frazada, lo aliviará, piensa, lo cuidara se dice, lo acunará, desea. Son engaños tramados por su mente que no deja de acosarlo. La angustia se hace insostenible y la tristeza también. Está expuesto a lo que no debiera ocurrir pero ocurre sin piedad.
Dicen que un momento antes de morir, toda la vida pasa frente a los ojos de uno, en cambio en esta situación, un momento se detiene frente a los ojos de uno como para toda la vida, y se repite sin necesidad. La pesadilla ingresó a la vigilia, y ahora ocupa todo el cuarto.
La oscuridad de la escena desarticula la importancia de los párpados. No importa que estén cerrados o abiertos. Sólo importan sus preocupaciones, sus caminos trabados, su no trabajo, su frustración, su aislamiento, su ajenidad, su exclusión, su reemplazo, su materia disolviéndose en el tiempo y en el tedio. Pronto llegará la señal de no soportar más, entonces se levantará, tomará ese revolver barato, lo pondrá en su boca y disparará. A la mañana siguiente alguien al encontrar el cadáver, con gentileza cerrará los párpados que el horror mantiene abiertos.

10 ago 2008

Criminal

Lo deseaba tanto como yo
Los cuatro golpes certeros igual que balas, ingresaron en su pecho.
El hierro de la barreta rompió el esternón y ya no pudo hacer nada más que observarme con cara de estúpido que perdona, .
Pensé que lo vería sorprendido o asustado, pero me dí cuenta de que me estuvo esperando. el también sabía de esto.
Miré fijamente la herida sangrante cuando el hierro penetró por quinta vez en el cuerpo, apenas frenado por el crepitar de los huesos. Al ingresar rozó el corazón, entonces dejé a un lado la barreta y comencé a escarbar con mis manos. Nunca, como en ese momento, las imaginé tan pesadas y profundas, amarillentas acaso.
El corazón apenas latía, y las mejillas tomaban el color lívido de la harina de trigo. Un golpe. Otro golpe. Supe que no quería hacerle el daño que le provocaba, pero alguien debía hacerlo y él mismo no podía. Quité mis dedos del cuerpo para lamerlos, pero no sentí el sabor, apenas percibí la temperatura. Me miró desde la lejanía de los agonizantes. Me miró y supe que agradecía a pesar del dolor inmenso.
Piadosamente su corazón confundido se resistía a callar, no quería ser espiado al dejar la vida. Le consedí unos instantes, miré hacia un rincón mientras colocaba de nuevo la mano en mi boca para saborear el sinsabor de la muerte y cuando regresé la vista hacia él, ya habían iniciado el destierro. Con un cortapapeles intenté separar las fibras del corazón.
Abrí y desuní como si fuera un cirujano.
Ingresé a su profundidad ahora que ya no había resistencia. Cuando al fin pude desgarrarlo dejé el cortapapeles a un costado y con la yema de mis dedos penetré sus secretos. Separé la esfera casi negra y como si se tratara de una copa de vino se derramó el contenido en mis manos. Mordido por mis uñas me salpicó el cuerpo, entonces, de un tirón salvaje logré arrancar el corazón.
Ni siquiera se me cruzó la idea de lavarlo, porque eso sería una blasfemia, un acto litúrgico de humillación.
De rodillas aún, al lado del cadáver, comencé la búsqueda de los secretos más íntimos. Escurrí la sangre, ya fría, para hallar los nombres escritos en su interior y espantarlos como a palomas, haciendo que se fugaran para perderse en las calles, hacia a otro hospedaje, pero no los hallé. No estaban escritos en la carne. Las letras que talló Eros eran más sutiles que lo esperado.
No sentí asco ni miedo sólo ansiedad y un poco de vértigo. El olor de la sangre me atrapaba dulcemente al adherirse a mí.
Corté las venas intentando descifrar el torrente de los deseos.
Los ruidos de la tarde entraban por la ventana abierta, los colectivos, las voces que pertenecían a un diálogo gritado entre dos adolescentes, una sirena lejana... todos seguían en su vida mientras ignoraban que se había asesinado a un hombre.
Comencé a golpear el cráneo contra el piso hasta fracturarlo. Las astillas de los huesos no saltaban, quedaban pegadas a los fluidos y a la alfombra. Tampoco hallé lo buscado. Allí no había fotos. Los leves tesoros ya no existían, o se los había llevado con él.

Me senté en el piso al lado de mi propio cadáver hasta ahogarme en la sinrazón y encontrar alivio. Nuevamente olía a fresco, a inocencia. Miré hacia mi antigua morada, el espejo, y supe que jamás regresaría a vivir en la celda de silicio y plata.
Ahora, creyendo no contener más nombres ni imágenes, coloqué sobre mis hombros el cuerpo muerto, caminé hacia la calle para tomar un café y acaso ver si se podía vivir de nuevo.