Esta luna no nos corresponde. Fue hecha para el puerto de Mahón o para las arenas del desierto de Mongolia, o la Isla de Baronof, vaya uno a saberlo...
Frente a mi sencilla casa se muestra ajena, orgullosa de sí misma, o indiferente, como una trabajadora del cielo que apura sus horas de faena para marchar, sin detenerse a ver cómo luce el cuerpo desnudo de Sabrina, a través de la ventana.
Ya sé, tal vez el miserable tren blanco que pasa todas las noches la asuste, o los empleados del banco venidos en trasnochadores, y que desarman la trama nocturna al salir de festejos oficinistas aumenten su pálida nausea. Pero eso no es justo. Las aguas de ningún río pertenecen a un lugar, eso se entiende, como se entiende que el viento no se acueste a dormir en la esquina de dos esquinas más allá. O que alguien elija estar en otro lugar y no en donde la esperan. Todo eso lo entiendo porque todo eso es cerca y en el cerca habita cierto fastidio, en cambio la luna está a miles de kilómetros y así y todo escapa.
Y aunque combine con la sonrisa de Carla o el pensamiento alucinado de Inés a ella no le importa saberlo y no repara en las cosas que me resultan bellas.
Por eso me siento en las escaleras que llevan a la terraza y mientras tomo vino (una copa, o dos, o tres) me preparo para mirarla fijo y hacerla sentir incómoda.
Frente a mi sencilla casa se muestra ajena, orgullosa de sí misma, o indiferente, como una trabajadora del cielo que apura sus horas de faena para marchar, sin detenerse a ver cómo luce el cuerpo desnudo de Sabrina, a través de la ventana.
Ya sé, tal vez el miserable tren blanco que pasa todas las noches la asuste, o los empleados del banco venidos en trasnochadores, y que desarman la trama nocturna al salir de festejos oficinistas aumenten su pálida nausea. Pero eso no es justo. Las aguas de ningún río pertenecen a un lugar, eso se entiende, como se entiende que el viento no se acueste a dormir en la esquina de dos esquinas más allá. O que alguien elija estar en otro lugar y no en donde la esperan. Todo eso lo entiendo porque todo eso es cerca y en el cerca habita cierto fastidio, en cambio la luna está a miles de kilómetros y así y todo escapa.
Y aunque combine con la sonrisa de Carla o el pensamiento alucinado de Inés a ella no le importa saberlo y no repara en las cosas que me resultan bellas.
Por eso me siento en las escaleras que llevan a la terraza y mientras tomo vino (una copa, o dos, o tres) me preparo para mirarla fijo y hacerla sentir incómoda.