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28 oct 2008

Ellos ellas

Es el espacio que le permiten sus montruos. Como una angosta medianera atacada por perros desde adentro y afuera. Como una cornisa en la que zozobran sus ausencias. Nadie pintó esa superficie y sigo viéndola desde las ruinas del altillo, pero por las noches, sigilosamente escapo de esa construcción e ingreso a mi fosa para imaginar otra oscuridad (a veces lo oscuro disfraza la escasa profundidad de los ladrillos) Las paredes se iluminan con la luna mientras hacen sus conjuros los desgarrados y escriben gritos y lamen el aire de la confusión.

Mi celda no permite palabras. Aquí guardo en botellas, los gestos que me decepcionaron para beberlos en mis madrugadas ácidas. El espacio es mínimo, tengo que tirar los recipientes vacíos para darle más lugar a la ceguera.
Hoy, al entrar, ví huellas de un fantasma indocumentado. Ayer no estaba.
Es una pena que los fantasmas no tengan raíces y que su comunicación se limite al temblor.
Es una suerte haber llegado al refugio, estoy al resguardo de lo que no tiene brillo.

Ese fantasma tiene la exclusiva altura de sus caprichos, sin su pollera evita ser visible, araña la sombra del humo para no desvanerse con mi aliento y si quisiera espantarlo se abrazaría a los almohadones de nostalgia, por eso esta oscuridad callada se derrama como un café en un olvido blanco.

Aqui no se puede charlar, le digo al fantasma y el fantasma sonríe por la trampa tendida. No necesita palabras y no dirá ninguna aunque le esté arrancando los dedos y los pies. Los fantasmas no se desangran, viven el placer del dolor y el miedo, en una fiesta lúgubre. Se respiran la muerte y el desvelo es continuo pues no tienen párpados

25 ago 2008

La Sultana

En su epitafio dirá que fue la constructora de Alfa y Omega. Que los enigmas del egoismo le sepultaban las alas. Iniciaba y concluía.
El capricho es la brújula que usa para cruzar la fatiga de la confusión y el desorden. En su cintura lleva el cimitarra de la esperanza y el puñal misericorde. Teme a la decepción y no deja testigos. Elige en dónde sentirse vulnerable para sentirse segura.
Guía las caravanas en el desierto y cuando halla un dátil lo muerde y sonríe. A nadie le gusta verla llorar, pero ella conoce el secreto de los oasis del adiós y sus sicarios.
La atrae fugarse entre los peligros del perderse, porque le hace sentir miedo y poder. Carga con un remolino de espejismos que la azotan.
En su manual anotó con letra firme que los constructores no deben arrepentirse y la grosería es el imán para seguir al destino.
En la aridez oscura deja los cadáveres de la caravana hasta que se hundan perdiendo los rasgos, erosionados por el polvo, secos.
La Sultana es la vela encendida y el pabilo hecho de viento que la apaga desde adentro. La sultana se alimenta de sus órdenes y la observación de los solitarios. Descansa en algunas ciudades pero para tomar provisiones y marcharse.
Esto la tranquiliza.

25 jul 2008

Ellasdos

Esas tetas me hablaban. No les importaba la mordaza del corpiño, ni el sweter, ni siquiera el tapado o la campera. Ellas me hablaban, y lo que es peor, canchereaban.
A veces, salíamos con Lorena a caminar o a tomar un café y ellas me provocaban. Me distraían No podían permanecer calladas.
Yo intentaba ponerme serio y mantener la conversación con Lore, decirle cosas como: "En esta vida hay que ser muy precavido" pero para ellas la vida era menos solemne y preferían divertirse. Hasta llegaban a decir rimas groseras aprovechando las últimas palabras de mis oraciones.
No eran demasiado grandes, ni demasiado chicas, ni muy redondas, ni en punta. Tampoco eran el término medio, pero eran muy simpáticas y ocurrentes.
Sólo hablaban conmigo. Lorena no las escuchaba, ni siquiera en la ducha cuando cantaban Singing in the rain a dúo. A veces, me despertaban susurrándome al oído y se dormían con mi voz en su piel.

Fingían estremecimientos y cuando por algún motivo yo contestaba con mal humor, ellas utilizaban el truco aprendido. Nos hicimos muy compinches, tanto, que a veces era un ménage à trois, pero un día dejaron de hablarme. Al tiempo se llevaron a Lorena.

11 abr 2008

Onírica

Todas las mañanas a las seis en punto le madruga la simpatía y golpea suavemente el hombro para recordarse a sí misma. Al alma debe darle unos martillazos porque es más dormilona. Entonces ella abre los ojos. Recuerda tener manos, pulmones (la tos se lo recuerda) siente que la frente es arrastrada hacia abajo por el peso de la nariz y cuando nota que tiene dientes decide lavarlos y se levanta.
Recién en el baño se recuerda completa y percibe que tiene huesos. Se toca, se palpa y confirma la visión. Después camina hasta la puerta y se asegura haber despertado en el domicilio correcto. Escapar del mundo de los espejismos la alienta. Se siente valiente y temeraria.
Durante la vigilia se cree más afortunada que en el sueño. Sabe que de morir en esos instantes, se convertiría en una paria. Dice: Sin que nadie presencie la fatalidad no hay fatalidad, se lo dice ella misma y por eso escribe en la palma de la mano -antes de dormir- su dirección y número de teléfono. Dice que: Hace 15 años le inyectaron sueños ajenos, se lo dice con un poco de angustia y mucha tristeza. Por eso después de tomar un café amargo se saluda contenta de haber vuelto.

Un día en el trabajo creerá que su vigilia es el sueño de otra persona tan aburrida como ella (pero todavía no leyó a Borges y tal vez no lo lea nunca) de hacerlo sufrirá por no tener un domicilio legal mientras sueña.

10 abr 2008

Compleja

No es una mujer simple porque a veces ella cree que hablar es decir "basta" y olvidó cómo decir "sigamos" porque cuando lo dice, dice "basta"
Ella sabe decir "basta" en todos los idiomas, pero un día aprendió a decir "basta" en todas las palabras.
Esto, a veces, la lleva a considerar que la vida es una metonimia de la palabra "basta".
Sin embargo, no es una mujer simple porque a veces ella cree que hablar es decir "sigamos" y olvidó cómo decir "basta" porque cuando lo dice, dice "sigamos"
Ella sabe decir "sigamos" en todos los idiomas, pero un día aprendió a decir "sigamos" en todas las palabras.
Esto, a veces, la lleva a considerar que la vida es una metonimia de la palabra "sigamos".

A veces yo creo que la adivino, y a veces, yo creo que me miente y que no sabe otra cosa más que pronunciar silencios en todos los idiomas y en todas las palabras.

4 abr 2008

La desconocida

No la conozco y al igual que con todo el mundo el viento se lleva sus palabras, sin embargo me las amontona frente a la puerta de casa.
Es un embrollo porque ellas no saben organizarse y vienen con la ilusión de que yo las elija. Se muestran revelando conceptos que creen que son para mí.
¿Qué tengo que ver yo con las preguntas que le hace a la cajera de Coto? ¿O las discusiones que tiene con sus empleadores? ¿o con las puteadas a sus amantes?
En ocasiones, las palabras son tantas, que en lugar de esperarme se meten en mi casa. Ponen cara de huérfanas. Se me enredan en el pelo o se esconden en mis bolsillos con el deseo de emocionarme.
Algunas mantienen la humedad del llanto que les dio vida, otras parecen haber nacido en un suspiro. Ninguna fue dicha para mí, pero entonces ¿por qué me buscan? ¿por qué quieren hacerme creer que soy su dueño?
El tiempo me llevó a realizar algunos actos. A veces me quedo con un "buenas tardes" ya que descubrí que algunos saludos de ella tienen perfume, o me guardo un "¿vos, todo bien?" por lo melódico de su decir.
Algunas frases son pomposas y torpes, otras por el contrario, son extremadamente dulces y capaces de un hechizo. También dice boludeces pero igual las guardo.

Aunque algunas frases quisiera que fueran para mí, no puedo darles ese crédito. Desde luego que les doy amparo en unas cajas que compro a propósito para ese fin y cuando estoy triste me acerco a ellas para escucharlas, pero al carecer de rostro tienen el valor del silencio.