Mi celda no permite palabras. Aquí guardo en botellas, los gestos que me decepcionaron para beberlos en mis madrugadas ácidas. El espacio es mínimo, tengo que tirar los recipientes vacíos para darle más lugar a la ceguera.
Hoy, al entrar, ví huellas de un fantasma indocumentado. Ayer no estaba.
Ese fantasma tiene la exclusiva altura de sus caprichos, sin su pollera evita ser visible, araña la sombra del humo para no desvanerse con mi aliento y si quisiera espantarlo se abrazaría a los almohadones de nostalgia, por eso esta oscuridad callada se derrama como un café en un olvido blanco.
Aqui no se puede charlar, le digo al fantasma y el fantasma sonríe por la trampa tendida. No necesita palabras y no dirá ninguna aunque le esté arrancando los dedos y los pies. Los fantasmas no se desangran, viven el placer del dolor y el miedo, en una fiesta lúgubre. Se respiran la muerte y el desvelo es continuo pues no tienen párpados