Son como las tres de la mañana. Tomo mate. Escucho la música de Blade Runner.
Este es mi lugar. Los que me conocen saben que malduermo, y tal vez me sospechan pájaro detenido detrás de esta ventana desde la que sólo veo el edificio de al lado, que está pegado a mis ojos, ligado a mi ahogo (aunque sea invierno).
Esas ventanas multiplican la oscuridad haciéndola más inquietante. Unas pocas manchas de luz que refleja mi heroico velador sobre los tabiques y paredes de los vecinos alcanzan para saber hasta donde llega el aire.
No pienso en nada, es decir no tengo nada que sentir, apenas las fragancias del Nag Champa que me dan una compañía etérea e invisible. Fumo.
Vos no estás mirando, no podrías hacerlo. Así quisieras no lo lograrías. Nadie puede hacerlo, pero yo te miro y entonces sin pensar en nada, sin querer sentir nada me abruman esos tumultos de verbos sin coraje ni explicación, como enjambres de mosquitas sobre el pasto recién cortado, y te siento.
No sé el por qué, pero cada palabra pierde sentido y te vas transformando en la vibración de un gongyo que flota por sobre mi entendimiento, sin forma y sin noticia. Sin pronunciación. Fascinante y cerca, pero también, como un cuerpo que busca más allá.
Abro la ventana. Abro un poco más la ventana para que entre más noche y más silencio y entonces recapacito e intento dejar de pensarte y al mover las sábanas creyendo que puedo dormir me aparece esa tragedia, tu ropa blanca, que al quitarla me confiaba tus sentimientos y quisiera fundir mi piel en tu distancia desgarrándola en presente húmedo hasta revivir que tu humedad es más que la humedad y ese perfume tan íntimo que ahora es una carta olvidada en mí. Y entonces, me vuelvo la mirada para dibujarme las nadas que te tengo y comerlas y besarlas y devorarlas hasta reconocer que no hay verbo más allá de tu cuerpo.