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12 ago 2008

Verbos mudos

Son como las tres de la mañana. Tomo mate. Escucho la música de Blade Runner.
Este es mi lugar. Los que me conocen saben que malduermo, y tal vez me sospechan pájaro detenido detrás de esta ventana desde la que sólo veo el edificio de al lado, que está pegado a mis ojos, ligado a mi ahogo (aunque sea invierno).
Esas ventanas multiplican la oscuridad haciéndola más inquietante. Unas pocas manchas de luz que refleja mi heroico velador sobre los tabiques y paredes de los vecinos alcanzan para saber hasta donde llega el aire.
No pienso en nada, es decir no tengo nada que sentir, apenas las fragancias del Nag Champa que me dan una compañía etérea e invisible. Fumo.

Vos no estás mirando, no podrías hacerlo. Así quisieras no lo lograrías. Nadie puede hacerlo, pero yo te miro y entonces sin pensar en nada, sin querer sentir nada me abruman esos tumultos de verbos sin coraje ni explicación, como enjambres de mosquitas sobre el pasto recién cortado, y te siento.
No sé el por qué, pero cada palabra pierde sentido y te vas transformando en la vibración de un gongyo que flota por sobre mi entendimiento, sin forma y sin noticia. Sin pronunciación. Fascinante y cerca, pero también, como un cuerpo que busca más allá.

Abro la ventana. Abro un poco más la ventana para que entre más noche y más silencio y entonces recapacito e intento dejar de pensarte y al mover las sábanas creyendo que puedo dormir me aparece esa tragedia, tu ropa blanca, que al quitarla me confiaba tus sentimientos y quisiera fundir mi piel en tu distancia desgarrándola en presente húmedo hasta revivir que tu humedad es más que la humedad y ese perfume tan íntimo que ahora es una carta olvidada en mí. Y entonces, me vuelvo la mirada para dibujarme las nadas que te tengo y comerlas y besarlas y devorarlas hasta reconocer que no hay verbo más allá de tu cuerpo.

5 ago 2008

La Astróloga

Aquí había sido primero la seguridad del no. El métodico destello de la inseguridad y mi timidez. La vaguedad de creer que lo feliz debe ser triste. El juego montado en la indiferencia y lo previsible: Esa mujer no me mirará... Esa otra reirá de compromiso... Ese mozo no verá mis indicaciones para traerme la cuenta... Esa avenida dejará de llamarse Julieta para cambiar su nombre por el de la Astróloga...
De alguna manera manteniendo la misma rutina, las cosas se transformaron en otras. Se desbordó en nuestro placer el zumo amable de lo distinto. Todo se hizo de otra cosa sin darme cuenta de lo diferente.
Acaso la embriaguez taciturna de la Astróloga hiciera que mis dogmas se profanaran con el perfume de sus sahumerios hasta el rito de blasfemar la mirada y el labio partido.
No convivíamos, pero el baile daba comienzo sin alterar lo estático. Una antagonía amorosa para no ser devorados. En nuestro vocabulario no existía la palabra: amor. Éramos dos juguetes que se jugaban mutuamente.
La magia permanecía en algún lugar entre la ventana y el orgasmo, sin embargo, nos comportábamos amablemente incompatibles, pero cercanos.La Astróloga se esmera en el orden. Acuña el arcano de hallar mis astros, yo en tanto, me disciplino involuntariamente en acciones de encubrimiento, pero ninguno triunfaba sobre el otro porque imperó la sensualidad de ser el otro, el buscado, el temido, el que podía hacernos daño y nos aliviaba.Escuchábamos música mientras nos miramos para confirmar que el otro era un cine, una ficción que se desarrollaba frente nuestro y nos elegía.Ella hacía el café, ponía la mesa, acercaba el desayuno, untaba queso en el pan y yo la disfrutaba con pudor. La Belleza no puede ser tan simple que pase delante mío sin cegarme, me repetía yo mismo. Nunca seré tan ella, me decía, y me consternaba pensar eso y darme cuenta que sus maravillas no eran conocidas por el resto del mundo, y a la vez me sentía orgulloso de ser yo quien la viera así aunque no encontrara motivo porque en nuestro vocabulario no existía la palabra: amor Después, mientras volvía a mi casa en Estambul o en Lyon y el diccionario se dormía contra la ventanilla del colectivo, sentía que había amado. Pero la felicidad debe ser triste, repetía con beligerancia mi último credo hasta convencerme de que eso no era amor.Llegó el momento en que la Astróloga se desmayó. Una mitología de angustias y mares oscuros asedió mis pasillos. La perfección de la tormenta golpeó mis ojos con miedos seculares, agrietó los sedimentos del corazón y aparecieron los gajos tiernos que ella había plantado. Tan asombrosos como las lágrimas bajo la lluvia.No te pierdas, le decía asustado, no te pierdas en el desmayo y ella me miraba y no entendía que yo había encontrado las flores. En nuestro vocabulario no existía la palabra: amor, y nadie creía que yo pudiera dejar de ser amante para ser enamorado.Cada palabra era aceite que nos impregnó de sensualidad. Pero no bastó y esa maldición castellana, de poder estar sin ser, secó el húmedo pliegue del amor.

10 feb 2008

La Pollera Blanca

Tan volátil y suspendido en una vida como su pollera blanca, ese recuerdo de dos alas gimiendo impacientes en la memoria del mundo. ¿Por qué esa pollera, y especialmente ese pómulo, se derraman en mí como yo me he derramado en ella? de la misma manera líquida y blanca, aunque el dolor se resbale como esa pollera entre el viento que la lame y mis manos que la perdonan.
Todo ha sido dicho en la pollera blanca de ese día: No me mientas, no me alcances, no alces tu piel hasta mí, porque tiemblo en la cuchara de ese café o en las murgas de trashumantes que quitan la paz del paseo. No me niegues, ni me señales, las polleras adoramos al silencio y a las ventanas que dan a la ochava, como Amor, que se abandona en lo inexplicable, en lo que está fuera del símbolo y la palabra, como puede ser un dedo, una lengua o una lágrima.
Nunca vi una lágrima, solo la pollera donde desaguan todas las lágrimas del mundo para que las absorba la luna y las preñe con las tristezas más blancas.Esa pollera es el enigma y la boca de una presencia que muerde otro nombre. No hay más pollera que su pollera, no hay más animal que su pollera, no hay más aliento que su pollera, no hay más repetición que su pollera. Un eco de melancolía enhebrado en el deseo, como un disparo nocturno y lejano.
Dejemos a un lado los motivos, esa pollera me envuelve, redondea mis aristas hasta quitar asperezas y dejarme como una gota de la mañana, o acaso un rocío lunar sobre el trébol.
Sus ojos me contemplan desde la trama de la tela, invisibles, sensuales. La pollera blanca la esconde y la denuncia, la carga con su ondular y sus imprecisiones. Va, viene, vuelve a irse, como un mar que amenaza con su desaparición. Esas mareas arbitrarias abandonan en la playa sus cejas, mis arrugas, el nombre de la empresa en donde trabaja, la remera amarilla, los pies descalzos, el abrazo en el Parque, el beso que mató a la tarde, la médula mordida en la cama.
Ay, mi corazón ignorante de polleras, sólo sabe de atracción o rechazo. De pollera vestida o caída a los pies, beligerante o rendida, y no percibe que la pollera blanca también sea ella, vestida o desnuda sin dejar de ser la pollera blanca. Nunca fue otra cosa: hilos de luna, nieve tramada, hebras de espuma, leche animal.
La miro en mi memoria como un objeto desvanecido, necesitado de una percha que la sostenga, pero no me engaña. Me aproximo a ella, rozo las yemas de mis dedos contra el género que permite a mi timidez tocarla. No me alcances, me dice. No llegues hasta mí, me dice, y mide sus palabras, porque soy las velas de un barco y marcharé sin horario y zarparé del puerto de tu mirada. Me dice. Como dicen todos los vestidos blancos con esa voz inocente por decir: te advertí. Y entonces la miro por última vez en mi memoria, pero será la primera de las últimas, la última primera, una imagen agitada de las pausadas olas del amor. Me escondo para que no pueda despedirse. Alegre por encontrar la travesura, me escondo. Me escondo detrás de mis párpados al cerrar los ojos, como cuando era feliz y esperaba que alguien me salpicara para abrirlos y reír, pero ahora aprieto con fuerza los párpados como a esta lapicera con la que garabateo las anotaciones, y tiemblo porque temo que al dejar esta escritura desaparezca la pollera blanca o desaparezca ella.