No nos conoce ese libro, ni el aire de este cuarto. No nos conoce la tenue luz de la lámpara , ni el humo plácido del Nag Champa, ni el sol de afuera, ni el jacarandá de la plaza, porque vivimos en otra muerte
No era yo quien ahí estaba y aunque mi vista tratara de demostrar lo contrario no hubo manera de convencerme. Vos regresaste y con una mano desataste tu pelo, entonces los anteojos convertían en algo renovado a tu cara, pero también siniestro, familiar y desconocido a la vez. Tenías el poder, pero no actuaba sobre mí, ni siquiera me aplastaba la fatiga de haber subido por la escalera.
Querías preguntar, saber de mis símbolos pero yo era mi símbolo, signo del noestar. El silencio me hace poderoso, y pensar que lo perdí en estos últimos tiempos (me lamenté)
Vos te mantenías a la espera, deseando que en mis huesos crecieran tus astillas hasta crucificarme.
La muerte es pequeña y suficiente, dije. Como aquellas noches en que se bebe poco, se ama callado y se parte desarmando el rompecabezas, y el silencio guardó luto, dije.
Esta escena fue profundamente sórdida. Yo no era aunque me escucharas, aunque el placer se intuía por detrás del armazón de tus anteojos y la profundidad más oscura de tu piel, yo no estaba allí y no podría afirmar que vos sí lo estuvieras.
Decir que estaban tus lentes no es decir que vos estabas. Esos fantasmas nuestros se nutrieron de ficción sin saber, entonces fuimos el lenguaje aparente de los secretos abiertos.