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5 dic 2008

La petite mort (RGT)

Para saber olvidar...
Es necesario hacer livianas las palabras y quitarles los otoños. Perderse en pasillos como un marinero en la noche del mar, y migrar desde el muelle del alma, hasta la calle Soca, en Colonia.
Es importante salir a quemar las llamaradas duras del invierno, y hacer tan errantes los ojos como las piernas.

Abrazarse al fondo del malbec en la entrenoche regada de ladridos y confusas voces del amor
y dormitar de madrugada en la parada del colectivo con el corazón en calma, sin pensar en las altas luces de los edificios ni en las hogueras encendidas por la garganta.
Y andar con moral ligera y pantalones arrugados, sin distinguir un recuerdo de un sueño, bebiendo el alcohol del buen hablar.
Para saber olvidar...
es necesario no asustarse al partir y amar todas las bellezas de las rojas señales de los naufragios.

1 sept 2008

Final de Juego / Inicio de Partida (2)

El día siguiente llegó sin que la noche se fuera -ella se había ahorcado de madrugada en algún árbol y ahora nadie podría descolgarla-La luz del día sería un nuevo instrumento de tortura. Las sombras se habían comido todo el cielo. Apenas dejaron una estrella débil (tal vez pensando en engordarla y devorarla en quince días)
Las letras le picoteaban en la garganta con la intención de desayunar, pero no se inmutó. No dormir lo había anestesiado.
Quiso encender una fogata usando algunos sustantivos a los que buen combustible, pero pensó que los piratas podían estar cerca y acechando, así que sólo los frotó contra sus brazos y piernas cuidando no acercarlos al pecho. Las cosas sobrehumanas que estaban contra el pavimento lo empujaron a caminar. “Cada vez que nace un misterio lo hace de manera impensada, silenciosa y fatal. Nadie puede enfrentar un misterio nacido en la noche mientras uno está aterrado con sus propias claridades” se dijo y guardó un poco de oscuridad en el bolsillo izquierdo del pantalón. El frío pesaba en la cabeza y los hombros. Algo cambió los imanes de los astros.
El mundo entero seguía tan vivo como la muerte, pero sin manera de comprobarlo. Sólo se escuchaba el silencio de los pájaros muertos y el roce de una canoa deslizándose en la laguna de cenizas que el día anterior había visto sin mirar.
Creyó que eran los piratas y su mano se aferró al cuatro de melatonina, como si fuera un puñal o un talismán de protección infinita. (hasta los talismanes saben que los talismanes no existen) pero su mano sólo conocía las premisas del azar y del amor. Entonces escuchó cantar a los Ynút.
Los Ynút cantan en voz alta, esa es su habilidad, creen que así desatan la magia de las ramas secas y sus canciones contribuyen con la primavera. Son inofensivos si uno tiene la precaución de no entenderles. Todos los Ynút son machos. Nadie sabe como se generan. Posiblemente en el centro de la Laguna de Cenizas haya una máquina de clonación, pero no se escuchan ruidos.
“Etreus ed anañam anu ed rolo le omoc evaus ant se alle” cantaban los Ynút mientras pasaban a unos metros de él, ignorándolo.
Se dijo que el Cantar de los Ynút fue utilizado en un documental acerca de ellos, allí murieron todos los espectadores en el minuto 24 de proyección. El director de sonido lo había hecho un mes antes. Sin embargo para otros sus melodías calman las angustias.

Otros, ellos, claman en un horizonte sin luz, pensó. Otros, ellos, amantes del delirio buscan la disonancia que agriete al mundo. Otros, ellos, no saben que el abismo son los pechos dulces de una tirana, se dijo y pensó en ella pariendo la gran roca.

Final de Juego / Inicio de Partida

Como un enigma polvoriento vio la última baraja que le repartieron: el cuatro de melatonina.
El arcano misterioso está en los dedos descompañados y asolitarizados.
"No deben caer todas las palabras, las letras son polvo pasado y se desmoldan", se dijo, pero la nausea lo empujó afuera de la silla.
Los invisibles lo miraban en silencio, esperaban su reacción para decidir el estrecho color de las nuevas uvas.
"Debería quitar la sangre que sale de mi nariz" se dijo (y se lo repitió en voz baja para no hacerse caso).
Colocó el cuatro de melatonina en la manga, se esfumaron las fichas de su apuesta y se fue.

El camino era como una sardina infinita tan sensible que mientras él lo andaba, las escamas de asfalto le tallaban poemas en la suela.
La única nube (como si fuera la primer página de Crónica) decía: "tan desacralizado como una carta caída en la banquina". Guardó esas letras, sabía que las necesitaría para cuando tuviera sed.
Ya con la tardenoche invadiendo el universo, buscó un árbol desde donde vigilar. Tardó horas en encontrarlo. El olor a caracoles secretos lo impulsaba hacia adelante.
A medianoche se trepó al único arbusto que encontró y buscó en la planicie una mancha de fuego o de luz artificial. No la había, todo era negro, entonces sacó el cuatro de melatonina de su manga y simuló verlo como si fuera una fotografía de toda su vida, después intentó tranquilizarse, supo que los piratas estaban lejos y no lo quemarían esa noche, pero no pudo dormir, los invisibles habían atado sus párpados con cuerdas de cebolla.
Mientras tanto, unas cosas sobrehumanas estallaban contra el pavimento y expandían uñas apuntando a la debilidad.
Desde las banquinas negras llegaban los ausentes. Humectaban el aire con retornos desfigurados. Vanamente se repartió sus mejores recuerdos antes de que se los robaran. Cruzado el umbral de la evocación supo que la memoria lo iba a traicionar. Ser inteligente es ser cruel, o con uno mismo, o con el otro... se dijo y guardó todas las letras.
El tiempo era un pájaro muerto que dormía junto a él.

No hay velas a la hora del infierno, ni ojos que hagan tablas. A esta herida nadie le hace el repulgue porque a la muerte le resulta fácil disfrazarse de relleno, desde chica lo viene haciendo, pero a uno la cosa se le complica, el relleno está siempre unos pasos afuera.