26 sept. 2008

El discurso del desconocido

Míreme. Estoy en este país tan extraño que ni nombre tiene. No es la primera ni será la última vez que camine por estas calles, que aunque desconozca aún mantienen el eco de mis anteriores pasos.

Usted no entiende de lo que le hablo, ni siquiera sabe quien soy, pero aquí estamos, usted y yo. Para que aprenda a reconocerme le doy este dato; estoy perdido y asustado, y me da miedo que lo sepan, entonces fumo y me quedo en la esquina que me angustia, como si estuviera esperando a alguien. Esta ciudad derrama citas por sus ventanas, de manera simultánea. Todos tenemos algún compromiso a toda hora; con el analista, con la persona que aún no conocemos y se conecta a las 21 en punto, o con un amigo de un amigo de un conocido con quien se pueda llevar a cabo un proyecto. Algunos tienen que encontrarse con el riesgo, otros con el deseo de ser queridos. Esta ciudad es una calesita de citas previas y desencuentros, de vanas expectativas y estímulos involuntarios.

Eso que deseamos aquí no existe, no llega nunca. En las mañanas nos despierta el ruido de la escoba de una mujer baldeando un patio, o esa cosa gutural que hacen las palomas o las torcazas –vaya uno a saber- entonces nos despertamos de ningún sueño y en ningún despertar, porque todo es vigilia de ausencia que no se sabe a quién recuerda. Este país es trágico porque nos asegura seguir viviendo en la clandestinidad de nosotros mismos, porque esto también quiero que lo sepa: somos ajenos nuestros, y nuestro único vecino.

Aquí, con tijeras de alcohol nos podan la tristeza condenándonos a permanecer inestables y en estado de exploración permanente. Las lenguas son grises y las palabras nunca dan en el blanco, tan sólo se aproximan a tientas y algo queda dando vueltas sin definición, es curioso pero aquí arremete el abandono y la urgencia, y nuestra voz hace cucharita con el corazón.

El tiempo se estira y los espejos se arrugan, entonces, nadie se prepara para alguien. El dolor propio se agranda con la indiferencia ajena y en algún momento del día miramos de reojo el Potrero de los Solos para ver si está quien amamos

Aquí las uvas destilan fernet, y el palo santo pone sal en el aire de la espera.

2 comentarios:

DudaDesnuda dijo...

No hace falta entender. El país sin nombre creo reconocerlo; tantas veces me perdí por sus calles que abandoné los miedos en alguna esquina. Claro que ya no espero. Será porque la persona que esperé no existe. Será que lo que existe, existe para otro. Será que no hay brújula que marque mi salida.

Besos solitarios

Asterion dijo...

Duda: Así es, tal vez