21 nov. 2008

Misterio que nace

... a esa hora de la curvatura y del descenso de los volúmenes, uno empieza a sentir que hay reparo, que en el fondo de alguna célula se acumula un rayo que nos desborda. Entonces uno juega a ser amante, a prometer el menor movimiento -la dinámica nos dispersa- y a sentirse débil y poderoso, falto y supremo. Entonces se encienden, cuando los otros se entrecierran, los ojos de la noche y aparece lentamente la fragancia de los ángeles y el placer de los mortales, al abandonar los cementerios.

Un tizne de brújula señala tus manos entregadas en vísperas de ocaso para ser derribadas por mis dedos, las veo quietas e impacientes, mojadas, dispuestas a sentir la danza sobre mi pecho.
Rodeados de sangre todo es más húmedo, rodeados de humedad todo es más sangre.
Y te niego tres veces antes que caiga tu remera, para deslizarme por tu espalda hiriéndote como una belleza que asoma.

En algún lugar se embriagó la voluntad. Las cortinas, la ventana, el sillón, hacen un esfuerzo por capturar mi mirada y salvarte, para permitir que otra noche más la presa se escape, pero alcancé a morderte el cuello, a desgarrar tu indiferencia, a inyectarte la pulsión transformándote en polvo del tiempo, en pátina del aire, en abrigo del misterio.

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